El esquema de la ciberinfidelidad

Las ciberinfidelidades cada día son más frecuentes. Cada vez sucede más que una persona sorprende a su pareja chateando con alguien a quien no conoce físicamente. La respuesta más común es aquella de “no te preocupes, sólo estoy pasando un rato. No va a pasar nada”. En realidad, ya está pasando. El hecho de dedicar tiempo y atención a uno o una desconocida se debe a que estamos sintiendo algún tipo de atracción por él o ella.

El esquema se repite de forma muy similar en todos los casos.  La persona en cuestión comienza chateando sin más. Comienza a sentirse cada vez más a gusto, las conversaciones cada vez van resultando más distendidas y agradables. Nos abstraen de la cotidianidad sin ningún tipo de compromiso afectivo ni de ninguna clase. Los temas de conversación comienzan siendo intranscendentes totalmente pero el tiempo va haciendo profundizar más en cuestiones de mayor calado.

Cuando menos lo esperamos nos encontramos totalmente desprotegidos ante un o una desconocida por quién hemos comenzado a sentir cosas que no pensábamos que se podían sentir a través de la fría relación del chat. Es el momento en el que empezamos a ponernos excusas a nosotros mismos. Estamos muy lejos, lo tengo controlado, ambos tenemos pareja y no podemos permitir que ocurra nada.

Y a partir de ahí, cada persona es un mundo. Como no puede ser de otra manera, cada uno elige una opción diferente. Unos deciden poner distancia por medio para acabar con lo que, inevitablemente, acabaría siendo una infidelidad. Otros se dejan llevar, se enganchan a las nuevas emociones, investigan en las posibilidades que internet ofrece para dos amantes a distancia, consuman la ciberinfidelidad. Otros, incluso, acaban encontrándose físicamente de forma furtiva para concretar su pasión de forma más prosaica.

La pregunta más frecuente en cualquiera de los casos retratados anteriormente es ¿dónde está el límite de la infidelidad? Está claro que si cada persona es un mundo , cada relación de pareja también lo es. Somos nosotros, junto a nuestra pareja, los que debemos fijar las reglas por las que se rija nuestra relación afectiva y sexual. Lo que para una pareja puede resultar inadecuado para otra puede ser sólo un juego.

 

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